Onírico
Abrí lentamente los ojos. Un poco desorientado, me di cuenta que la razón de mi despertar no era otra cosa que la humedad que sentía en mis pies. Una capa de espuma bañaba mis tobillos y me di cuenta de que una ola acaba de empaparme. Unos segundos después mi conciencia me hizo darme cuenta de que estaba sentado en la orilla de una playa.
La noche era clara, se veían las estrellas con mucha facilidad con lo que deduje que me encontraba en un lugar apartado. Intenté levantarme pero mis piernas se negaron a moverse. No sentía entumecimiento ni frío, simplemente ignoraron la orden de movimiento que mi sistema nervioso les envió. Me quedé mirando al horizonte, intentando recordar qué era lo que había hecho para haber llegado allí. Había salido a tomar una cerveza y ¿había vuelto a casa? No lo recordaba.
Giré la cabeza y entonces me di cuenta de que una música llevaba sonando desde que había abierto los ojos. Un piano. Música de piano. Una música tranquila y acompasada, con notas disonantes que se mezclaban con la brisa del mar y fluían hasta mis oídos. ¿Y quién tocaba las teclas blancas y negras? Ella, siempre ella. Llevaba un vestido de noche ajustado hasta los pies de color rojo. Su pelo se mecía con el viento alrededor de su cara y sus ojos me miraban intensamente mientras sus manos volaban sobre las teclas de marfil.
- No sabía que tocabas el piano y menos aún que lo hacías tan bien -le dije.
La intensidad de su mirada cambió pero no apartó la mirada. Acarició las últimas notas de esa melodía y se levantó poco a poco. No era muy alta y desde donde yo estaba no alcanzaba a ver si llevaba calzado o no, pero por su forma de andar sobre la arena supuse que iría descalza. Se acercó lentamente y se sentó a mi lado. Extrañamente sus pies, al lado de los míos, no llegaban a tocar el agua. Nos miramos fijamente y tras un minuto que pareció una eternidad dije:
- Nunca me has contado que tocabas el piano. Hemos hablado de tantas y tantas cosas. Sabes que me encanta la música y aún así no me lo habías dicho nunca ¿por qué?
- No sé tocar el piano. Y sabes que nunca me pondría este vestido. Este es tu sueño y estamos dentro de él. Tú has pensado todo esto: esta es tu realidad, yo soy tan solo una invitada ¿Por qué me has vestido así?
Sonreí. Le cogí la mano para ponerla con la palma abierta enfrentada a la oscuridad del cielo. Con la otra mano cogí un puñado de arena seca que saqué de debajo del agua y la dejé caer poco a poco en su mano mientras la miraba a los ojos.
- Me estás diciendo que si yo ahora quisiera que los dos empezáramos a flotar y nos transportáramos volando al primer sitio que se nos ocurriera ¿ocurriría?
- Supongo que sí. Es tu mundo y tu conciencia es la que manda.
- Así que si quisiera que te quedaras a mi lado también podría hacerlo.
- ¡Je, je, je! Creo que hasta tu subconsciente en su mundo es más realista que tú.
Desperté sobresaltado. Estaba en cama y me dolía la cabeza. Miré a mi lado y no había nadie, había sido una noche como otra cualquiera. Mi boca estaba pastosa y seca. Resaca. Empezaba a acordarme de cómo había sido la noche y empecé a recordar mi sueño. Triste pensé que hasta mi subconsciente era incapaz de recrear en su mundo esa situación y que, como cada mañana, yo pensaba que todavía era posible. Estiré mis brazos intentando abarcar el máximo espacio posible y mi mano izquierda notó algo sobre la sábana: ¿arena?
Me estoy volviendo loco.
Enero 9, 2009 a 10:34 am
Fran, de todos mis amigos tú, el único (suficientemente colgado).