La puerta se cerró de golpe cuando intentabas pasar. Diste un pequeño paso hacia atrás y te quedaste mirando un poco perdida. Me dio la impresión de que buscabas el botón que accionaba el mecanismo de apertura. Un señor muy amable que vestía con sombrero te miró y activó el sensor que abría la puerta. Efectivamente. Lo miraste, sonreíste y decidida entraste en el vagón.
Te subiste en una parada dónde no se subió mucha gente. Puede que fuera por eso por lo que me fijé en ti. O puede también porque tus ojos no sólo miraban, si no que apoyados en ese color verdoso rezumaban historias y vida. Historias y vida que en el momento en que lo percibí quise que me contaras.
También podría influir el casco de moto que llevabas en la mano. Ese artilugio no tenía ningún sentido. Llevabas un vestido corto blanco con colores vivos, mis recuerdos lo pintan como si fueran recortes de comic pero creo que simplemente eran formas geométricas. También llevabas unos pantaloncitos negros ajustados que no te llegaban a la rodilla y unas sandalias de esas que se llevan ahora. Creo que también llevabas una especie de bolso mochila de tela fina que no parecia muy pesado. En una mano el billete en el cual leías el asiento que te habían otorgado y en la otra un casco integral negro mate, con exclusas plateadas para el aire y una pantalla transparente.
Te acercaste lentamente y te paraste justo en frente mía. Levantaste los ojos del billete hacia el número de asiento que estaba encima de mi cabeza y luego me miraste. Tus labios se movieron pero no logré escuchar nada porque mi mp3 atronaba mis oídos. Sonrojado y sonriendo me los arranqué como pude y solté un pequeño y entrecortado “perdón”. Me preguntaste si estaba ocupado y contesté que no. Apoyaste el casco en la mesa y te sentaste a mi lado.

Viajando, cercanías
Me quedé mirando al infinito durante un par de minutos mientras pensaba en qué decirte. Parecías simpática y agradable, tu voz lo era. Le di vueltas a un par de frases y sonreí para mis adentros y cuando me giré para que me contarás el por qué del casco, el tren estaba dándonos las gracias y recordándonos que no nos olvidáramos de ninguna pertenencia personal. Ese par de minutos, en realidad fueron hora y media. Y te vi marchar. Te alejaste por donde viniste, con tu casco en la mano y tu bolso colgando graciosamente en tu espalda.
Yo volví a la realidad. Me bajé del tren y anduve cabizbajo hacia mi coche. Llovía un poco pero no me importaba, la lluvia me gusta y me tranquiliza. Me senté al volante y antes de acelerar pensé en que con un poco de suerte volveríamos a coincidir.
Espero que vuelvas a llevar el casco.